¡Es el Señor!


Tiempo después de la crucifixión y resurrección del Señor Jesús, Pedro y otros discípulos fueron a pescar. Pero pasaron toda esa noche sin pescar nada. Todavía no amanecía cuando desde la orilla alguien les gritó:

Amigos, ¿pescaron algo?
No. respondieron ellos desde la barca.
Entonces echen la red a la derecha y podrán pescar algo...

Los discípulos obedecieron y después no podían sacar la red del agua, pues habían atrapado muchos pescados.

De pronto alguien dijo:
¡Es el Señor!

Cuando Pedro se dio cuenta que era el Señor Jesús, le dio tanto gusto que se tiró al agua. Una vez que todos llegaron a tierra firme, vieron una fogata con un pescado encima y pan. Entonces Jesús les dijo:

Vengan a desayunar.

Jesús se acercó, tomó el pan y el pescado y se los dio.

Aprendemos de este pasaje que el Señor no solo suplió la necesidad física de sus discípulos, sino que pasó un precioso tiempo con ellos. Así es Jesús. Él, como hombre que fue, conoce todo aquello que nos apura. Él sabe la angustia que pasamos cuando a veces no nos alcanza el dinero, o nuestras dificultades son tantas que agotan nuestros recursos y hasta nuestra salud.

Y si Él sabe todo eso, ¿por qué entonces Jesús no nos grita hacia dónde tirar la red, tal como lo hizo con Pedro, para tener también nosotros una pesca abundante?

Pero Jesús sí nos grita dónde tirar la red. El problema es que no le oímos. Porque cosas como la angustia o la falta de perdón nos han afectado al grado de volvernos sordos a su voz.

Quizá es tiempo de acudir a Jesús y pedirle con humildad y fe que cure nuestra sordera. Hagámoslo hoy, entonces Él, igual que lo hizo hace dos mil años, pondrá sus manos sobre nosotros y dirá ¡Efata! Nuestros oídos serán abiertos y nuestra alma sanada.

Pasajes: 

· Juan 21 
· Marcos 7:34


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