La carta perdida del apóstol Pablo


En los tiempos de los primeros cristianos, las iglesias mantenían a buen recaudo las preciosas cartas escritas por los apóstoles. Esas mismas cartas hoy conforman lo que llamamos Nuevo Testamento.

Durante las horribles persecuciones de los emperadores romanos las iglesias protegían esos preciosos documentos escondiéndolos como su posesión terrenal más valiosa. Movidos por el Espíritu Santo, y a pesar de que no era barato, hacían grandes sacrificios para copiarlas a fin de que, circulando en otras iglesias existiera al menos una copia de respaldo en caso de que en alguna persecución el documento original fuera destruido.

Sabiendo esto, notamos que en la carta a los colosenses aparece el siguiente mensaje:

Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros. Colosenses 4:16

Este mensaje no debería tener mayor relevancia, pero el asunto se vuelve dramático si reparamos en que lo que el texto nos indica es que en nuestros Nuevos Testamentos debería haber una carta del apóstol Pablo dirigida a  los Laodicenses. Pero no la hay. La carta hasta hoy día está perdida, quizá para siempre.

¿Qué decía? ¿Qué fue lo que sucedió con esa carta? ¿Por qué Dios permitió que ese documento inspirado por el Espíritu Santo se extraviara? Quizá podamos encontrar un mensaje y una enseñanza en todo ello.

Examinemos el mensaje que el Señor Jesucristo envía precisamente a la iglesia en Laodicea:

Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. Apocalipsis 3:14-19

Los de la iglesia en Laodicea tenían por costumbre hacer tesoros en esta tierra, es lógico que la Palabra  para ellos no fuera su posesión más preciosa, y ante cualquier persecución prefirieran salvar joyas y monedas y todo lo que ellos consideraran valioso.

Lo más seguro es que el documento fue destruido por el descuido de los laodicenses, para quienes, a pesar de su gran poder adquisitivo, no valió la pena ni siquiera hacer una copia de la carta que el apóstol Pablo les había enviado. Quizá para los laodicenses la carta del apóstol Pablo no era valiosa porque no les hablaba de lo que a ellos les interesaba: las posesiones terrenales. Y tal vez preferían los textos de otros que sí les decían lo que querían oír.

Lejos de juzgar a los de la iglesia en Laodicea, sería mejor si comenzáramos a hacernos las siguientes preguntas: ante alguna eventual persecución, ¿Qué objetos salvaríamos? ¿Es la Biblia nuestra posesión más valiosa en la tierra?

También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. Mateo 13:45-46
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Mateo 6:21 

Foto cortesía de: Nancy Violeta Velez

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