¿Porqué buscáis al que vive entre los muertos?


Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Lucas 24:4-5

Luego de la crucifixión del Señor Jesucristo y ya habiendo sido sepultado, el primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres que habían venido con Él desde Galilea, volvieron al sepulcro con especias aromáticas y ungüentos para ungir, conforme a la costumbre judía de la época, el cuerpo del Señor.

Sin embargo, para su sorpresa, hallaron removida la roca que obstruía la entrada del sepulcro, en el cual ya no estaba el cuerpo del Maestro. Entonces dos varones con vestiduras resplandecientes les hicieron la pregunta que aún retumba en los modernos sepulcros donde muchos todavía van a buscar al Señor:

¿PORQUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?

Las mujeres habían oído las enseñanzas de Jesús, le habían visto resucitar a Lázaro y hacer otros muchos milagros, pero simplemente su comprensión de la voluntad de Dios era limitada. A pesar de que se habían dado cuenta que no era un hombre común, que era el Hijo del Dios Todopoderoso de Israel, lo vieron morir, y al hacerlo su mente natural, tan acostumbrada a la muerte, aceptó que Jesús estaba muerto irremisiblemente y para siempre.

Nosotros, en nuestra también limitada mente, pretendemos buscar Al que Vive entre los muertos cuando le buscamos en la religión. Seguimos yendo a nuestro sepulcro favorito porque estamos seguros que ahí encontraremos al Señor y no nos queremos dar cuenta que EL SEÑOR NO ESTÁ AHÍ.

Durante muchos años asistí semanalmente a uno de esos sepulcros creyendo que ahí estaba Dios. Muchos años seguí asistiendo por costumbre y porque desarrollé ahí afectos entrañables. Pero un buen día el Señor, en su infinita misericordia me mostró que ese lugar, al igual que la iglesia en Sardis, era un sepulcro en el que si bien cantábamos (¡Cómo cantábamos!), y en el que en apariencia fluía la vida, no dejaba de ser un sepulcro; por lo que si en realidad mi deseo ferviente era encontrarle debía partir de ahí.

Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Apocalipsis 3:1

Cuando salí de ese lugar entré en una nueva dimensión en la relación con nuestro Padre Celestial; me sentí libre, dichoso, bienaventurado, pero sobre todo, muy en paz, pues el Señor, a través de su Espíritu Santo comenzó a mostrarme en su Palabra todo lo maravilloso que es Él. Y hasta el día de hoy, en que escribo estas líneas, Dios no ha dejado de estar conmigo un solo día.

A veces prolongamos dolorosamente nuestra asistencia a lugares donde muy en el fondo sabemos que El Señor no está ahí. Y lo hacemos -como yo lo hice- por costumbre, por temor o por no dejar a nuestros afectos. Pero El Señor espera que le sigamos por donde Él camine y no donde vayan los hombres.

A las mujeres les fueron abiertos los ojos y fue entonces cuando pudieron ver al Señor y darse cuenta que estaba vivo (Juan 20:13-16). ¡Abramos también nosotros los ojos! Sigamos al Señor donde Él va.

Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. Mateo 8:22

Foto cortesía de Nancy Violeta Velez