Zacarías y Gabriel
Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Lucas 1:8-13
Puesto que le había tocado en suerte -acorde al pensamiento hebreo-, era designio Divino (Levítico 16:8 / Números 26:55 / 1 Samuel 14:42 / Proverbios 16:33 / Jonás 1: 7 / Hechos 1:26) que Zacarías entrara ese día al Templo a ofrecer el incienso. Dios, mediante las suertes, había mandado llamar a su Casa a Zacarías, pues tenía un mensaje para él: El Altísimo había escuchado sus súplicas, y ahora, el ángel le estaba dando la noticia de que a pesar de las avanzadas edades de él y Elisabet, su mujer, El Padre celestial les concedería a ambos tener un hijo.
El regalo de Dios
Seguramente desde niño, como todos los niños en Judea, Zacarías escuchó una y otra vez de boca de sus padres y de los sacerdotes del Templo, la asombrosa historia del patriarca Abraham, al cual, siendo de edad avanzada (Génesis 15:3-6 / Génesis 17: 1-8 / Génesis 21: 2) -y siendo además Sara, su mujer, estéril (Génesis 16:2)- se le había anunciado que Dios le iba a conceder tener un hijo.
Ahora que había llegado a ser -por la misericordia de Dios- un sacerdote importante, sin duda que Zacarías había descrito innumerables ocasiones la misma historia a otros niños, iguales a como hacía mucho lo había sido él. También seguramente les había aleccionado en el hecho de que aunque humanamente era imposible que Abraham y Sara tuvieran hijos, el padre de la fe creyó la Palabra de Dios y nunca dejó de esperar en Él.
Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Lucas 1:8-13
Pero ese día Zacarías tuvo una flaqueza en su fe: en lugar de postrarse y agradecer a Dios por repetir con él ese mismo acto de Gracia que tuvo hacia el padre Abraham, pidió al ángel Gabriel una prueba (Génesis 15:8) de que lo que le estaba anunciando en realidad había de cumplirse:
Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. Lucas 1:18
Zacarías estaba pidiendo una señal para creer lo que estaba oyendo. Pues al igual que la mujer de Abraham, la esposa de Zacarías era estéril; y además ambos, Zacarías y Elisabet también eran de edad avanzada (Lucas 1:7).
Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo. Lucas 1:19-20
Irónicamente, a Zacarías se le dio la señal que pidió: y fue quedar enmudecido. En eso iba a conocer que Dios le estaba concediendo el hijo que tanto deseaba su corazón.
¿Cómo puede un sacerdote enseñar lo que no practica, hablar de lo que no conoce? Para el Eterno es inaceptable que en un hombre de Dios, en quien se ha depositado tan alta responsabilidad, no se halle fe. Zacarías había sido enmudecido para que, al estar en la presencia de Dios, nunca más se adelantara a decir palabras sin antes pensarlas bien.
No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas delante del ángel, que fue ignorancia. ¿Por qué harás que Dios se enoje a causa de tu voz, y que destruya la obra de tus manos? Eclesiastés 5:6
No juzguemos a Zacarías, que era un hombre justo delante de Dios (Lucas 1:6); Mejor preguntémonos ¿Cómo reaccionaríamos nosotros de haber estado en su lugar? ¿Cómo es nuestra reacción cuando Dios nos envía Su Mensaje a cada uno? ¿Nos resistimos a creerlo? ¿Necesitamos una señal para aceptarlo?
Zacarías estaba plenamente consiente que al entrar a la Casa de Dios se estaba ante su misma Presencia y él -como sacerdote que era-, mejor que nadie sabía que servía a un Dios misericordioso, habituado a actuar en lo sobrenatural. Pero ese día sencillamente Zacarías no estaba preparado para recibir de Dios un regalo tan grande, porque Juan, o Yohanam, que en hebreo significa «Regalo de Dios», estaba precisamente destinado a anunciar que el tiempo de la liberación del pueblo escogido, por medio de la Gracia de Dios -nuestro Señor Jesucristo-, se había cumplido.
Cuando nosotros oramos, espiritualmente hacemos lo mismo que hizo Zacarías: entramos al lugar santo a ofrecer incienso (Apocalipsis 5:8 / Apocalipsis 8:3). ¿Estamos preparados para -sin dudar- recibir HOY el regalo de Dios?
Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Lucas 1:26-28Nazaret, comunidad que, en aquellos tiempos, estaba habitada solo por obreros y artesanos dedicados a la construcción, se caracterizaba por su aspecto más bien humilde. En esos tiempos era irrisorio pensar que de entre sus habitantes -quienes solo luchaban por el sustento diario-, pudiera salir alguna vez algún maestro, algún escriba, algún destacado miembro del partido fariseo, o acaso del saduceo -con derecho a entrar al lugar santo-. No, de Nazaret -cuando más- solo era posible que salieran carpinteros, albañiles y trabajadores rudos, sin más instrucción que su solo oficio. Pero para Dios no hay nada imposible.
...¿De Nazaret puede venir algo de bueno?... Juan 1:46
Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? Mateo 13:54-55
Dios, creador del universo, mismo al que rige con majestuosidad, paradójicamente decide cumplir su Promesa de habitar entre los hombres (Éxodo 25:8) arribando a este mundo no en el palacio real, ni tampoco en el seno de una familia sacerdotal pudiente, en las que todas las comodidades y garantías de seguridad estuvieran a la mano. No, el Hijo de Dios viene a nacer en la más humilde entre las humildes familias, en donde va a encontrar toda clase de vicisitudes, porque así es nuestro Dios: solidario con los que menos tienen.
Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. 2 Corintios 8:9
Dios se complace estando entre los humildes; entre los que sufren por no tener asegurado el sustento de ese día; entre los que son oprimidos por ser pobres y no tener con qué defenderse; entre los que son perseguidos por obedecer Su Voluntad. ¡Jesucristo ha dejado su trono para ser uno con los marginados por el mundo!
Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Lucas 1:30-31
Dios por medio del ángel nos hace saber que ha tenido misericordia no solo de María, sino también de todos nosotros -que somos todos pobres y desdichados-, y nos ha enviado a su hijo en pago por lo que nunca podremos soñar pagar: la salvación.
Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Lucas 1:34
La pregunta de María no refleja incredulidad o escepticismo -como ocurriera seis meses antes con el sacerdote Zacarías (Lucas 1:5-20)-, sino curiosidad y asombro. Y es que, aunque María, como la Palabra nos dice, estaba desposada con José, aún no había entrado en la relación marital, pues acorde a la tradición judía, eso ocurría hasta la celebración del banquete y la noche de bodas, por lo que María aún no vivía con José, sino con su familia.
Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Lucas 1:35
Así, el ángel accede a responder su pregunta con toda misericordia, paciencia y benevolencia. No tuvo la misma paciencia que para con Zacarías, pues Dios demanda siempre más de los maestros (Lucas 12:48 / Santiago 3:1).
Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia. Lucas 1:38
La humilde María no solicitó señal tras señal, como lo hizo Gedeón (Jueces 6:11-40); no pidió que se escogiera a otra en su lugar, aludiendo incapacidad, como lo hizo Moisés (Éxodo 4:13), No huyó de la voluntad de Dios como lo hizo Jonás (Jonás 1:3). La humilde María aceptó el regalo de Dios y con ello selló su destino, y el de toda la humanidad.
El nombre María, viene del hebreo «Maryam», que literalmente significa «gota de mar» y por extensión «amargura». Es por ello que el nombre también está relacionado con la mirra, una sustancia catalogada como «amarga», esto era, que debía ser utilizada con mucho cuidado. Rojiza resinosa y aromática, la mirra fue muy valorada en la antigüedad, ya que era uno de los componentes para la elaboración de perfumes, incienso, ungüentos, medicinas y para diluir tinta en los papiros. Se usaba también para embalsamar a los muertos. Para obtenerla, se hace una incisión en la corteza del árbol y de esta herida brotan lágrimas, que al secarse se tornan rojizas. En época del imperio romano, era usada como anestésico para los moribundos. Se solía dar mezclada con vino (Marcos 15:23 / Juan 19:39). Según el Evangelio de Mateo, es uno de los regalos que los magos ofrecieron al niño Jesús (Mateo 2:11).




